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	<title>Comentarios en: Taurófilos</title>
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		<title>Por: jildebran</title>
		<link>http://www.maceira.es/taurofilos/comment-page-1/#comentario-1711</link>
		<dc:creator>jildebran</dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 19:50:49 +0000</pubDate>
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		<description>Vienen los toros 
Por Cesar Hildebrandt 

Ya viene la Feria de Octubre, esa carnicería que algunos huachafos 
dados a la sangre se atreven a llamar “la fiesta nacional”. 


Cuando la feria empiece, cientos de herederos de la Colonia, y parte 
de su servidumbre reencarnada, acudirán a Acho a ver cómo un hombre 
disfrazado de sota de espadas –la figura pertenece al gran escritor 
Manuel Vicent- tortura morosamente a una bestia magnífica mientras el 
respetable demuestra que Altamira nos sigue quedando cerca y que la 
crueldad es, al lado del locro de zapallo, una de nuestras 
delicatesen. 


El arte del toreo consiste, como se sabe, en demostrar que Darwin se 
equivocó. Porque quienes aplauden la sangría y se excitan con la 
matazón son prueba viviente de que la evolución fue un fenómeno 
pasmado en algunas latitudes. 


El cronista taurino de “El Comercio”, por ejemplo, balbucea un 
dialecto que parece preceder a la consolidación del mozárabe-andaluz. 
Y hay un marqués ficticio vestido de carta del Tarot que, en un 
semanario que aprecio mucho, hace de chulo madrileño que sabe recitar 
a Bécquer y se manda unas crónicas en las que habla de los toreros 
como si fueran gallardos y de los toros como si fueran parrillada viva 
y sangrante antes de las brasas. 


Yo no conozco Acho, desde luego. Pero he prometido visitarlo cuando un 
régimen que aspire a civilizarnos lo convierta en estadio olímpico. 


Cuando eso suceda, tendremos que haber perdido la legaña de lo 
folclórico y la idea de que la historia nos exige repetir, cada 
noviembre, la barbarie que un criador de cerdos fundó precisamente en 
Lima. 


Quienes dicen que “la fiesta taurina” es intocable como tradición 
deberían de admitir que asesinar a porrazos en la cabeza a niñas como 
Juanita, para ofrecerla a dioses difusos y demandantes, era todavía, 
si cabe, más tradicional, dado que ese hábito procedía de lo más puro 
de nuestros genes amerindios. 


La barbarie de los toros acuchillados es, al fin y al cabo, una 
barbarie prestada que llegó en los galeones que también trajeron la 
viruela y la peste bubónica. 


Para ser consecuentes con nuestras raíces deberíamos, en todo caso, 
recrear, previa entrada comprada en taquilla, la ceremonia que condujo 
a aquella niña de quince años a ser enterrada en las nieves del 
Ampato. Un cerro de Lima, artificialmente nevado, podría prestarse 
para el espectáculo. Una rifa siniestra y obligatoria podría darnos a 
la infanta. 


Si eso se juzgara superlativo podríamos sugerir, modestamente, que los 
ingenios azucareros del norte revivieran la colorida tradición de la 
esclavitud china. O que aquel potro, ahora manso y decorativo en el 
Museo de la Inquisición, se activara del modo más crujiente en nombre 
de la justicia y de la eficacia de los interrogatorios. 


Y cuando alguien dice que hay toros en provincias y que los pueblos 
rurales del Perú aman la agonía de las bestias, lo que demuestra 
diciendo eso es que el llamado sincretismo cultural también puede ser 
el acoplamiento de lo peor de dos culturas. Digamos que en Uchuraccay, 
aquel famoso día, algunos de nuestros mejores colegas supieron, de 
modo fulminante, hasta dónde pueden llegar esas convergencias 
ceremoniales. 


Y aquellos que hablan de poesía estatuaria, de magia y de misterio 
deberían de recordar la rima consonante de las tripas colgantes y los 
versos alejandrinos del excremento del toro que se extingue. Sangre y 
arena, que le dicen. 


Si uno va a Acho a disfrutar de esa masacre que no venga después a 
hablarnos de educación escolar y de valores. El aficionado ortodoxo y 
coherente debería salir del coso, bebido y ronco, a apedrear perros y 
a buscarse un gato para la cena.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Vienen los toros<br />
Por Cesar Hildebrandt </p>
<p>Ya viene la Feria de Octubre, esa carnicería que algunos huachafos<br />
dados a la sangre se atreven a llamar &laquo;la fiesta nacional&raquo;. </p>
<p>Cuando la feria empiece, cientos de herederos de la Colonia, y parte<br />
de su servidumbre reencarnada, acudirán a Acho a ver cómo un hombre<br />
disfrazado de sota de espadas –la figura pertenece al gran escritor<br />
Manuel Vicent- tortura morosamente a una bestia magnífica mientras el<br />
respetable demuestra que Altamira nos sigue quedando cerca y que la<br />
crueldad es, al lado del locro de zapallo, una de nuestras<br />
delicatesen. </p>
<p>El arte del toreo consiste, como se sabe, en demostrar que Darwin se<br />
equivocó. Porque quienes aplauden la sangría y se excitan con la<br />
matazón son prueba viviente de que la evolución fue un fenómeno<br />
pasmado en algunas latitudes. </p>
<p>El cronista taurino de &laquo;El Comercio&raquo;, por ejemplo, balbucea un<br />
dialecto que parece preceder a la consolidación del mozárabe-andaluz.<br />
Y hay un marqués ficticio vestido de carta del Tarot que, en un<br />
semanario que aprecio mucho, hace de chulo madrileño que sabe recitar<br />
a Bécquer y se manda unas crónicas en las que habla de los toreros<br />
como si fueran gallardos y de los toros como si fueran parrillada viva<br />
y sangrante antes de las brasas. </p>
<p>Yo no conozco Acho, desde luego. Pero he prometido visitarlo cuando un<br />
régimen que aspire a civilizarnos lo convierta en estadio olímpico. </p>
<p>Cuando eso suceda, tendremos que haber perdido la legaña de lo<br />
folclórico y la idea de que la historia nos exige repetir, cada<br />
noviembre, la barbarie que un criador de cerdos fundó precisamente en<br />
Lima. </p>
<p>Quienes dicen que &laquo;la fiesta taurina&raquo; es intocable como tradición<br />
deberían de admitir que asesinar a porrazos en la cabeza a niñas como<br />
Juanita, para ofrecerla a dioses difusos y demandantes, era todavía,<br />
si cabe, más tradicional, dado que ese hábito procedía de lo más puro<br />
de nuestros genes amerindios. </p>
<p>La barbarie de los toros acuchillados es, al fin y al cabo, una<br />
barbarie prestada que llegó en los galeones que también trajeron la<br />
viruela y la peste bubónica. </p>
<p>Para ser consecuentes con nuestras raíces deberíamos, en todo caso,<br />
recrear, previa entrada comprada en taquilla, la ceremonia que condujo<br />
a aquella niña de quince años a ser enterrada en las nieves del<br />
Ampato. Un cerro de Lima, artificialmente nevado, podría prestarse<br />
para el espectáculo. Una rifa siniestra y obligatoria podría darnos a<br />
la infanta. </p>
<p>Si eso se juzgara superlativo podríamos sugerir, modestamente, que los<br />
ingenios azucareros del norte revivieran la colorida tradición de la<br />
esclavitud china. O que aquel potro, ahora manso y decorativo en el<br />
Museo de la Inquisición, se activara del modo más crujiente en nombre<br />
de la justicia y de la eficacia de los interrogatorios. </p>
<p>Y cuando alguien dice que hay toros en provincias y que los pueblos<br />
rurales del Perú aman la agonía de las bestias, lo que demuestra<br />
diciendo eso es que el llamado sincretismo cultural también puede ser<br />
el acoplamiento de lo peor de dos culturas. Digamos que en Uchuraccay,<br />
aquel famoso día, algunos de nuestros mejores colegas supieron, de<br />
modo fulminante, hasta dónde pueden llegar esas convergencias<br />
ceremoniales. </p>
<p>Y aquellos que hablan de poesía estatuaria, de magia y de misterio<br />
deberían de recordar la rima consonante de las tripas colgantes y los<br />
versos alejandrinos del excremento del toro que se extingue. Sangre y<br />
arena, que le dicen. </p>
<p>Si uno va a Acho a disfrutar de esa masacre que no venga después a<br />
hablarnos de educación escolar y de valores. El aficionado ortodoxo y<br />
coherente debería salir del coso, bebido y ronco, a apedrear perros y<br />
a buscarse un gato para la cena.</p>
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