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Por admin, hace 3 años y 3 meses

Taurófilos

Tanto mi amigo Manolo (furibundo taurófobo), como yo mismo, estamos en contra de que con nuestros impuestos se contribuya a mantener una «fiesta» que muchos consideramos bárbara y cruel.

Manolo estaba muy seguro de no aportar un céntimo para patrocinar el espectáculo taurino, hasta que yo le razoné que nuestro Gobierno lo está haciendo sin consultarnos.

¿Cómo? ¿El Gobierno del PSOE está destinando dinero de los Presupuestos Generales para financiar la «Fiesta»? – me preguntaba, gritando.- «Explícame eso, porque no me lo puedo creer».

Y le expliqué que nuestro Gobierno sigue destinando una importante partida de los Presupuestos a la financiación de las Televisiones Públicas, las cuales retransmiten corridas de toros y encierros (se supone que pagando por éllo).- De modo que una parte de nuestros impuestos está financiando tanto los toros, como el fútbol profesional, los concursos de belleza, los festivales de la canción, los sindicatos, los partidos políticos, etc. etc.- Pero, sobre todo, financiamos  y pagamos a los políticos y funcionarios que nos gobiernan y administran, los cuales, a pesar del incremento exponencial de su número, todavía no han encontrado el cauce o la fórmula para preguntar a los contribuyentes a que capítulos o rúbricas desean aplicar sus aportaciones fiscales y a cuales no.- Será que han tenido y tienen otras prioridades, claro.

Todo ello me da pié para razonar que todos los políticos que votan favorablemente los Presupuestos Generales del Estado, pero tambien los presupuestos de las Comunidades Autónomas que sostienen una televisión pública, son decididos protectores de la fiesta de los toros. Por lo que, hago promesa de, en adelante, referirme a sus Señorías como «taurófilo diputado» o «protaurino senador». Es posible que a alguno de ellos les moleste más la cornúpeta alusión, que si le calificasen de «proabortista». Dependiendo de las sensibilidades, por supuesto.
¿Vd. que cree?.

1 comentario

Gravatar #1. jildebran
hace 1 año y 6 meses

Vienen los toros
Por Cesar Hildebrandt

Ya viene la Feria de Octubre, esa carnicería que algunos huachafos
dados a la sangre se atreven a llamar «la fiesta nacional».

Cuando la feria empiece, cientos de herederos de la Colonia, y parte
de su servidumbre reencarnada, acudirán a Acho a ver cómo un hombre
disfrazado de sota de espadas –la figura pertenece al gran escritor
Manuel Vicent- tortura morosamente a una bestia magnífica mientras el
respetable demuestra que Altamira nos sigue quedando cerca y que la
crueldad es, al lado del locro de zapallo, una de nuestras
delicatesen.

El arte del toreo consiste, como se sabe, en demostrar que Darwin se
equivocó. Porque quienes aplauden la sangría y se excitan con la
matazón son prueba viviente de que la evolución fue un fenómeno
pasmado en algunas latitudes.

El cronista taurino de «El Comercio», por ejemplo, balbucea un
dialecto que parece preceder a la consolidación del mozárabe-andaluz.
Y hay un marqués ficticio vestido de carta del Tarot que, en un
semanario que aprecio mucho, hace de chulo madrileño que sabe recitar
a Bécquer y se manda unas crónicas en las que habla de los toreros
como si fueran gallardos y de los toros como si fueran parrillada viva
y sangrante antes de las brasas.

Yo no conozco Acho, desde luego. Pero he prometido visitarlo cuando un
régimen que aspire a civilizarnos lo convierta en estadio olímpico.

Cuando eso suceda, tendremos que haber perdido la legaña de lo
folclórico y la idea de que la historia nos exige repetir, cada
noviembre, la barbarie que un criador de cerdos fundó precisamente en
Lima.

Quienes dicen que «la fiesta taurina» es intocable como tradición
deberían de admitir que asesinar a porrazos en la cabeza a niñas como
Juanita, para ofrecerla a dioses difusos y demandantes, era todavía,
si cabe, más tradicional, dado que ese hábito procedía de lo más puro
de nuestros genes amerindios.

La barbarie de los toros acuchillados es, al fin y al cabo, una
barbarie prestada que llegó en los galeones que también trajeron la
viruela y la peste bubónica.

Para ser consecuentes con nuestras raíces deberíamos, en todo caso,
recrear, previa entrada comprada en taquilla, la ceremonia que condujo
a aquella niña de quince años a ser enterrada en las nieves del
Ampato. Un cerro de Lima, artificialmente nevado, podría prestarse
para el espectáculo. Una rifa siniestra y obligatoria podría darnos a
la infanta.

Si eso se juzgara superlativo podríamos sugerir, modestamente, que los
ingenios azucareros del norte revivieran la colorida tradición de la
esclavitud china. O que aquel potro, ahora manso y decorativo en el
Museo de la Inquisición, se activara del modo más crujiente en nombre
de la justicia y de la eficacia de los interrogatorios.

Y cuando alguien dice que hay toros en provincias y que los pueblos
rurales del Perú aman la agonía de las bestias, lo que demuestra
diciendo eso es que el llamado sincretismo cultural también puede ser
el acoplamiento de lo peor de dos culturas. Digamos que en Uchuraccay,
aquel famoso día, algunos de nuestros mejores colegas supieron, de
modo fulminante, hasta dónde pueden llegar esas convergencias
ceremoniales.

Y aquellos que hablan de poesía estatuaria, de magia y de misterio
deberían de recordar la rima consonante de las tripas colgantes y los
versos alejandrinos del excremento del toro que se extingue. Sangre y
arena, que le dicen.

Si uno va a Acho a disfrutar de esa masacre que no venga después a
hablarnos de educación escolar y de valores. El aficionado ortodoxo y
coherente debería salir del coso, bebido y ronco, a apedrear perros y
a buscarse un gato para la cena.

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